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Martes 20 de septiembre de 2011 Pasión por Tamaulipas Por: David Dorantes Bien dicen que del odio nace el amor y esta es justamente mi verdad sobre Tamaulipas. Nací por casualidad en la Ciudad de México, donde viví mis primeros siete años de vida. Después, todo cambiaría. Sin darme cuenta, el verano de 1979 mi vida tomaría otro curso cuando a mi padre lo reubicó la Secretaría de Hacienda y Crédito Público en la ciudad de Nuevo Laredo. Llegamos en plena canícula fronteriza, previo a mi ingreso al primer año de primaria: un cambio que sufriría demasiado. Mis lágrimas se perdían en el excesivo sudor, una sensación que no recuerdo haberla experimentado en la Ciudad de México. Los barrotes de la reja de la entrada principal de la Escuela Primaria Miguel F. Martínez se quedaron marcados por tanto llanto de un infante arrancado de su entorno. Crecí entre las calles de Nuevo Laredo, platicaba mucho con Don Vicente, un ancianito que vivía a un lado de mi casa y que andaba en bicicleta a sus casi 80 años de edad. Era el típico ranchero norteño, con su tonadita al hablar y sabedor de todos los secretos del clima. En cada canícula neolaredense se hacía vigente el recuerdo de mi sufrimiento cuando llegué a Nuevo Laredo. Ya en la juventud siempre busqué construir las posibilidades para huir de la frontera. Una vez que entré a trabajar a Televisa, donde la buena suerte me arropó en mi carrera, era obligada mi relación con la capital mexicana a la que escapa a la primera provocación. En una ocasión, en diciembre de 1992, regresaba de Televisa San Ángel para pasar unos días con mi familia cuando tuve un percance con mi coche frente al monumento a los Fundadores de Nuevo Laredo. Un joven se ofreció inmediatamente a ayudarme. Ese acto generoso me hizo reflexionar en la calidad de la gente de esa ciudad, calidez que no tienen en la Ciudad de México. Fue tan significativo que decidí quedarme como un neolaredense más. En el año 2000 mi vida le daría un drástico girón a mi vida, en el que literalmente cerré todo mi pasado incluyendo el hecho de dejar mi pasión por la televisión. Me tenía que reinventar. Quería vivir libremente. Un diputado local, Salvador Arredondo Arredondo, me invitó al Congreso de Tamaulipas para que le ayudara con la Comunicación Política. Yo ni sabía que existían diputados locales, así que me puse estudiar Mercadotecnia Política en el ITESM. Desde entonces se abrió una nueva especialidad en mi trayectoria como comunicador. Fue así como la cita obligada con Tomás Yarrington Ruvalcaba no se hizo esperar. Mi encuentro fue a través de su discurso del Segundo Informe de Gobierno; lo leí una y otra vez para analizarlo. Conseguí la grabación, misma que desgaste escuchándolo una y otra vez, hasta que pude redactar un Racional para el diputado local. Después de eso no quería escuchar nada de Yarrington por unas semanas; ya curado de su discursiva, investigué quién era, de dónde venía, cuál era su carrera política. Sencillamente bien. Trabajando con José Manuel Suárez López, presidente municipal de Nuevo Laredo, un día me pidió diseñar un concepto que se llamaría Unidad Tamaulipeca, que es sin duda el proyecto más impacto tuvo en mi vida como un tamaulipeco adoptado. En este proyecto puse como una de las herramientas de comunicación política hacer un video con los 43 municipios de Tamaulipas, finalizando con el mensaje del gobernador de Tamaulipas. La redacción del mensaje del gobernador la hice junto con otra tamaulipeca adoptada, Lucía Calderón, quien trabajaba en el gobierno de Tomás Yarrington. Entonces tuve nuevamente que escuchar, aprenderme y hasta recitar la discursiva al estilo de Yarrington. Me impactaba cómo él hablaba de su Tamaulipas, una Entidad que se veía que le llenaba de orgullo al político matamorense. Pensaba que era un dispendio verbal hacia el Estado que él gobernaba. Teníamos un poco menos de cinco días para recorrer los 43 municipios tamaulipecos; esto dejaría una profunda huella en mi ser, pues conocí la diversidad cultural que tiene el Estado. Descubrí un Tamaulipas rico en tradiciones, diverso en sus costumbres, único en su encanto; sin más, esta tierra es el vivo mosaico de todo mi México. Fue entonces cuando comprendí la pasión de Tomás Yarrington por Tamaulipas. El primer contacto personal que tuve con él fue para la grabación del mensaje de Unidad Tamaulipeca, que después de la odisea de montar la producción dos veces fallidas en Casa de Gobierno en Ciudad Victoria se logró grabar en el Camino Real de Tampico, gracias al apoyo de mi entrañable Adriana Azcárraga. Ahí conocí a un Tomás humano, bromista y con plenos dotes de orador. Se hizo el evento de Unidad Tamaulipeca en Nuevo Laredo con la presencia de los 43 presidentes municipales. Dicen que fue un éxito, yo no lo alcance a disfrutar pero después de puritito gusto realizaría una gira personal por los 43 municipios, con calma y llenándome de cada rincón tamaulipeco. Hoy amo profundamente esta tierra norestense, conozco el potencial de su gente, distingo la calidez del ranchero, destaco la creatividad de su juventud, valoro su legado histórico, admiro su diversidad cultural; y todo gracias a un tamaulipeco del que se pudieran decir muchas cosas, pero por sobre todas tiene un valor: su pasión por Tamaulipas. |
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