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Miércoles 11 de enero de 2012 Por qué no voto Por: Carlos Gutiérrez Salazar México es una república representativa, democrática y federal. Este tipo de estado y forma de gobierno se desprende de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, que, en la historia de nuestro país, ha sido estandarte y símbolo de las causas sociales más nobles y unificadoras, con cuya consagración México, indudablemente, saldría adelante (¿será?). La verdad de las cosas es que la democracia directa y representativa vigente en nuestro país constituye un principio tan arraigado en la conciencia (¿o en la inconciencia?) del mexicano, que el pueblo, con los ojos cerrados, le entrega su destino cada que nos encontramos ante una renovación de funcionarios públicos, acudiendo a las urnas con la ciega fe (de verdad es una cuestión dogmática) de que la superestructura constitucional por algo ha hecho base en la referida forma de gobierno. Profano, traidor a la patria, ignorante, ingrato, el que se atreva a cuestionar los logros de las luchas en pro de la libertad y la soberanía (sí va así el choro, ¿qué no?) que hoy disfrutamos. Ante esta perspectiva, me queda claro que, como ciudadano respetuoso del orden jurídico, y, más aún, como estudioso del mismo, he de defender a capa y espada nuestra democracia directa y representativa. ¡Ah!, y, ¿cómo no?, participar de ella, por supuesto. Y aunque no me hubiese quedado claro, ahí está de nuevo la omnipotente Constitución Federal para dejármelo bien claro: reza (lo encuentro un auténtico rezo) el artículo 36 de la Carta Magna que es obligación del ciudadano mexicano “votar en las elecciones populares”. Problema resuelto. ¡Qué constituyentes tan geniales tenemos! No obstante, no formulo la presente opinión desde la silla de un ciudadano ni de un estudioso del Derecho. Formulo, ¡vamos!, sostengo la presente opinión, levantado como mexicano, como un patriota entristecido con lo que vive nuestro México. Desde esta óptica, aparece como obligatorio no el “votar en las elecciones populares” confiando ciegamente en el sistema que, en seguimiento de la libertad y la soberanía (bla, bla, bla), fue elegido (¿impuesto?) por el pueblo y para el pueblo; no, lo que aparece como obligatorio, desde esta óptica, es el revisar si nuestra sublime democracia directa y representativa es funcional. Yo tengo una cosa bien clara: la democracia directa y representativa en México es perfecta; la democracia directa y representativa que se vive en México, día a día, se identifica puramente, en plena simetría, con la consagrada y detallada a lo largo de los preceptos constitucionales. Para comenzar a comprender lo que acabo de manifestar (he recibido reclamos efusivos de gente muy preparada al manifestarlo, en parte por una omisión mía en explicarme de manera abundante), los invito a la lectura de la definición de ‘perfecto, ta’, que ha sido aceptada por la Real Academia Española de la Lengua, y que, literalmente, transcribo a continuación:
Les insisto en que en México vivimos una democracia directa y representativa perfecta, en todos los sentidos que se le pueden dar a la expresión ‘perfecta’. Lo expreso una vez más, con lujo de detalle, y en tres formas distintas (que se corresponden con los sentidos que la Real Academia Española de la Lengua ha aceptado para la expresión ‘perfecta’), para que no quede ni la menor duda de mi opinión en la materia: (i) en México vivimos una democracia directa y representativa “que tiene el mayor grado… de excelencia en su línea”, respecto de la consagrada y detallada en la Constitución Federal; (ii) en México vivimos una forma de gobierno “que posee el grado máximo de… (la) cualidad” democrática directa y representativa, que ha sido consagrada y detallada por la Constitución Federal; y (iii) en México vivimos una democracia directa y representativa “de plena eficacia jurídica”, de conformidad con la consagrada y detallada por la Constitución Federal. Mexicanos: lo que expreso no es un sinsentido. Para elaborar la construcción mental toral del presente escrito, les propongo los siguientes conceptos de ‘democracia’ y ‘representación’ (propiamente, ‘representar’), los cuales solicito a mis lectores acepten convencionalmente, puesto que, si bien carentes de rigor científico (rigor que no pretendo alcanzar en este ensayo), son conceptos que se encuentran a la mano del mundo entero, y son suficientemente precisos. Así, tenemos que “Democracia es una forma de organización de grupos de personas, cuya característica predominante es que la titularidad del poder reside en la totalidad de sus miembros, haciendo que la toma de decisiones responda a la voluntad colectiva de los miembros del grupo”2 mientras que representar es “Sustituir a alguien o hacer sus veces, desempeñar su función o la de una entidad, empresa, etc.”3 Por último, y con la finalidad de hacer amena la presente lectura, les propongo que la ‘democracia directa’ es aquélla en que la intervención popular en la toma de decisiones gubernativas se da de manera directa, sin intermediarios (desde luego, la intermediación es distinta de la representación, que sí existe en México). Así las cosas, encontramos que si en México el pueblo interviene en la toma de decisiones de índole político sin intermediación, haciéndose representar voluntariamente, en México se vive una democracia directa y representativa, y que si tal intervención directa y representativa se corresponde con la consagrada y detallada, aún más, exigida, por el modelo constitucional, tal democracia directa y representativa es perfecta. Estimados, en nuestro país, esta intervención se vive en plenitud, y la presente afirmación se comprueba siguiendo esta simple línea: todos y cada uno de los mexicanos que acuden a las urnas (erigiendo, de paso, la divinidad del sistema democrático que tenemos) a ejercer su intervención en las decisiones políticas de país, lo cual hacen a través del derecho de voto, mismo que ejercer de forma personalísima y, en consecuencia, directa, con la finalidad de hacerse representar, es decir, de facultar a otro para manifestar la propia voluntad en las esferas en que se ejecutan las decisiones administrativas y legislativas en última instancia (sin contar, desde luego, los procedimientos legales de revisión de estas decisiones). Estimados, la perfección del proceso cuya narrativa les acabo de proponer, se desprende de una afirmación aún más simple: Todos y cada uno de los mexicanos se ven efectivamente representados en las esferas a que me referí. El prototipo de empresario exitoso, el estudioso de las bellas artes, el joven emprendedor, el consumado actor, el parroquiano de la “Cantina de la Ópera”, el religioso ferviente, el abogado honesto, el abogado ‘malo’, el doctor más confiado, el médico ‘de quinta’, el incomprendido bohemio, el carismático reportero, el deportista admirado, el ‘roba-espejos-retrovisores’ de la Doctores, el estudiante aplicado de la propia Doctores, el violento secuestrador, el fraudulento banquero, el banquero más recto, el militar más patriota, el militar que ha cerrado pactos con el ‘dealer’ de la zona, el taquero de la esquina, el inhumano narcotraficante, el golpeador de la mujer, el maestro más dedicado, el camionero madrugador, el camionero cuyo objetivo desde que se despierta es ‘metérsele’ a la mayor cantidad de coches posible… la lista es, en efecto, interminable. No obstante, el listado que a bote pronto se me ocurre y les proporciono en las líneas que preceden, es suficiente para comprender la idea que les comparto: todos y cada uno de ellos tienen a su perfecto representante en las esferas de decisiones políticas. Así, el deportista admirado se identifica con el legislador que está convencido de que la obesidad es un grave problema a vencerse en México, y sus propuestas legislativas encuentran una clara motivación, trabajada y pensada, que abunda en los estudios que realizó sobre las consecuencias del sobrepeso. A su vez, el doctor en que ‘todo el mundo confía’ y el militar que deja la vida en su misión, encontrarán la perfección de su forma de gobierno democrática y representativa en el legislador que se levanta encendido, acusando el gravísimo problema de la impunidad en México, cáncer en la raíz de la sociedad. Ése es su representante; por él votaron. Por su parte, el fraudulento banquero se ve representado por el funcionario que está convencido de ser mejor que el resto, por lo que tomar uno que otro ‘del águila’ prestado para sus negocios no afecta a nadie, ya que, a fin de cuentas, lo va a devolver, una vez aprovechado, claro está. En el mismo sentido, el camionero con afán de ‘metérsele’ a los coches se ve perfectamente representado en el legislador que opina que cerrar el Congreso, impedirá la función legislativa e, incluso, a veces, la administrativa (¿recuerdan aquélla belleza parlamentaria de cerrarle el Congreso al Presidente para impedir su toma de protesta? ¡Viva México!). “Ése es mi gallo”, dice el camionero al ver la honorable actividad de su representante. En fin, todo mexicano tiene un perfecto y exacto representante en las cúpulas en que se decide el día a día político de nuestro país; una representante que, en pleno cumplimiento de la labor del representante, a saber, la manifestación de la voluntad de algunos precisamente en su nombre, defiende los principios y los intereses de sus representados, de los que votaron por él. La naturaleza de estos principios e intereses es, desde luego, variable. Estimados, es falsa la sonora queja de que nuestra democracia es ‘patito’, se encuentra corrompida, no se vive realmente, y demás; nuestra democracia es la más pura, perfecta y excelente de la que yo he sabido. Pero, entonces, ¿por qué estamos como estamos? Desde luego, la filosófica y reconocida respuesta es la siguiente: porque somos como somos. ¿Y luego? ¿Tiene salida? Por supuesto, la salida evidente es la siguiente: dejemos de ser como somos y listo. Reconozco, es más, defiendo, que la salida a largo plazo, la única salida que conlleva atacar el problema de raíz, es dejar de ser como somos. Sin embargo, eso no implica que, al día de hoy, no podamos hacer nada. Personalmente, no tengo nada en contra de la democracia. Mi malestar es el siguiente: la democracia directa y representativa podrá funcionar para algunos, desde luego, pero no funciona para México. Funcionar es “ir, marchar o resultar bien”4 de conformidad con la definición que ha sido aceptada por la Real Academia Española de la Lengua. Si nuestra democracia, tal y como fue propuesta por el Constituyente Permanente, se vive en plenitud y perfectamente, pero el país no va, marcha ni resulta bien, y, más aún, va, marcha y resulta mal, es claro que nuestra forma de gobierno es disfuncional. La cuestión es clara: la flojera de nuestros constituyentes, que se vio reflejada en el plagio que hicieron de sistemas constitucionales que no nos son propios, derivó en el establecimiento de una forma de gobierno inadecuada para México. La premisa de que partieron los constituyentes fue, desde luego, incorrecta. Que a otros les vaya bien con la democracia directa y representativa no implica, ni puede implicar, que a todos les vaya bien con el mismo tipo de democracia. Así las cosas, me resta por explicarles la propuesta toral del presente ensayo: por qué no voto. Pues no voto, porque, en mi opinión, la auténtica traición a la patria la constituye no el incumplimiento de las obligaciones del ciudadano, sino la violación a los principios de la índole que sean que me tienen triste por ver un México disfuncional, por ver un México en deterioro. No voto, porque de ninguna forma pretendo participar de un sistema ni de una forma de gobierno que no nos son propios, y que nos impusieron al amparo de dogmas de lo más ridículos, populacheros y que, al erigirse en bases de nuestro Estado de Derecho (democracia, soberanía, libertad y demás deidades), nos han condenado a ser verdaderos contraventores de nuestras obligaciones de ciudadano a aquéllos que los cuestionamos, y que, más que eso, invitamos a su revisión. Estoy convencido de que, lamentablemente, no todo mexicano está preparado para hacerse representar directamente en la toma de decisiones fundamentales y de fijación de rumbo del país. Mientras dejemos el porvenir de nuestra patria al amparo de un sistema que no nos es propio, que no nos funciona, y para el que no estamos listos, tal sistema nos regirá perfectamente, con todas las afectaciones que su indebida implementación conlleva, condenándonos a que todos los mexicanos, aún los que no estemos listos o preparados para la intervención directa en la política nacional, tengamos a nuestro ‘gallo’ en las esferas de decisión, algunos luchando por ver México salir adelante y, otros, oponiéndose al avance, regocijándose de la precaria situación en que nos encontramos sumergidos. Una vez más, ¡viva México! El presente texto no contiene una propuesta concisa, y soy bien consciente de ello. Sin embargo, no constituye una crítica ociosa, a mi entender. Si no propongo una solución inmediata al problema que, a corto plazo, nos machaca, y que constituye la vigencia en México de una forma de gobierno que no nos es propia y que ha triunfado, como formación intelectual, sobre el pueblo, como personas, es porque, hoy por hoy, no la tengo. Sin embargo, el objetivo del presente escrito tampoco es desentrañar los problemas de política gubernamental de México. Estimados, la única pretensión a que puedo aspirar compartiéndoles mi opinión es a invitarlos, a todos ustedes, a buscar una solución, a darle al clavo juntos, para liberarnos de un sistema impropio, inadecuado, que nos está exterminando como nación; para ello, por supuesto, la primera pretensión a que aspiro al presentarles este ensayo es a haberlos convencido de que el sistema no funciona. Y, señores, el sistema no funciona. Por eso, yo no voto. REFERENCIAS 1. http://www.rae.es2. http://es.wikipedia.org/wiki/Democracia 3. http://www.rae.es 4. http://www.rae.es |
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